BIENVENIDOS

ME LLAMO PEDRO CONRADO CUDRIZ y Mis complacencias por la gratuidad del gesto que te permite acceder a mi blog. Bienvenido a mi mundo espiritual y a esta suerte de salvamento existencial, que es una extensión de mi alma vertida en libros, Cd, y opiniones periodísticas semanales.

miércoles, 20 de abril de 2011

El Flagelante, territorio sacro



La búsqueda

Supongo que el arte es otra mirada de la realidad. ¿Poesía? ¿Belleza? ¿Otro cuento? Nunca defensa de nada. Simplemente goce o deleite. Acto gratuito para los ojos del alma. ¿Y del cuerpo qué? No es el espectáculo masivo de la carne en exposición pública, sino la experiencia cultural o el acumulado histórico de la supervivencia inocentes de las gentes. Entonces busco que el observador identifique el cuerpo del flagelante como el territorio de almas del pueblo.

Los pies



Una película turbia los cubre de pies a cabeza, mientras se agigantan en mi memoria; los he visto siempre, los del abuelo Nolasco, pies campesinos, y también los del flagelante, o los pies del profesor Moncayo, justos y marchantes por la dignidad de la nación. Puede que sea una fotografía de los años 70, de la revista Alternativa, pero son esos pies gigantes los que ahora recupera mi memoria. Casi no caben en la página ni en mis recuerdos; el talón calloso, fuerte como un roble, con las señales de la guerra, de la lucha con y por la tierra. Poco a poco la otra guerra acabó con ellos y les quitó la tierra. Cuando veo algunos en las calles de Colombia, los distingo por la callosidad, por la fortaleza del roble, o por las goteras de la sangre, pero ya no hay tantos árboles en la ruta. Esta clase de hombres se han ido y no nos hemos dado cuenta. La vida también.

La sangre



Corre por las avenidas, las ciudades y los barrios interiores del hombre. A veces se desborda su cauce y el corazón amenaza con estallar. Con cada zancada hay barrios que desaparecen arrastrados por el oleaje y la fuerte corriente descendiendo a mil metros por segundo, mientras los pasos se aceleran en la arena ardiente de la calle de La Ciénaga; el calor sofocante penetra la piel y adelgaza el espesor del viscoso liquido rojo para que fluya con mayor fuerza hasta que alguien se atreva a iniciar el ritual de los golpes en el mayor de los territorios, una, dos, tres y cien veces, y de pronto un corte, y el chorro, una pluma, el manantial y la sangre fluyendo a borbotones por la llanura, gritos, asombros, silencios, desmayos, y el gentío con sus ojos de piedad observa otra vez fluir la sangre en un escenario público y en un territorio vivo, brotar a voluntad, provocado por unas manos donantes o sanantes, y la sangre otra vez imparable y golpe a golpe no dejará de correr o danzar con el flagelante, dos pasos hacia atrás y tres hacia adelante y hasta que la pollera se tinture del rojo sangre, de ese rojo adentro de cada observador del viernes santo, o del que cae acribillado en cualquier esquina de Colombia, o de aquellos jóvenes enamorados, que ardiendo de fiebre de besos y a punto de colapsar de amor, se buscan con los ojos, con los brazos, con las manos y con los restos del cuerpo, y hasta que el territorio, en especial las venas, se cansen de regalarle al mandante el liquido espeso que atrae al otro, la sangre no dejará de brotar del territorio humano. Y quizá esta sea la misma sangre de las corralejas y las galleras, la misma sangre por la que la multitud se cita para disfrutar o compartir los mismos sentimientos o emociones que depara el territorio, ver la sangre correr entre las astas de un toro y observar la vieja piel del pobre hombre herido por las cuchillas flagelantes de la desesperanza.

El territorio



No son los huesos, ni la sin razón, es esta fortaleza, que aceitamos todos los días en los gimnasios, la embellecemos y la cuidamos con esmero en los centros de cirugía estética de la ciudad; o es esta carne débil que florece en cada acto amoroso y luego se derrama en la fisiología de un orgasmo puro o fingido de amor; o es aquella escatología del desfogue diario, vieja condena humana de la humildad y los apurados sacrificios del cuerpo; o es la eterna tortura corporal de los infantes, adobada por los supuestos amores maternos o paternos; o es esta manera creativa de martirizar la estructura del cuerpo para agradecer a un dios sonriente, lo que la mente y la ciencia no han podido subvertir.

El rostro





Viejo como una montaña sagrada, sin lujos ni grandes prodigios naturales, simplemente las pendientes por donde se precipitan los ríos de la esperanza y aquella misteriosa corriente de fe, con la que ha sido imposible trasladar la montaña, moverla a otros lugares de alegrías eternas. Quizá sea el espejo del territorio con sus dos gotas de agua salvaje, dos gatos negros para asustar a la muerte.

Las manos



Es el territorio más llano y el menos pretencioso de todos, el descanso de las arterias; un camino para sanar, tocar, herir y fundir el alma; en la ruta de la sanación quizá se atrevan a herir el territorio como aquellas manos, que al tocar la guitarra fracturan los silencios; no es intencional ni tampoco inocencia, es el deseo de curar el que procura el ensayo, o la ciega tradición de unas maneras de ser que, en la circularidad de la vida poética, se procuran la magia de la supervivencia.


dios




Todavía no he podido encontrar en todo el territorio, las evidencias de la existencia de dios; no las he encontrado en nada, ni siquiera en la creación del acné, seguramente hecho para el asombro. Lo que he logrado capturar son otras evidencias, el esfuerzo diario y sobre humano del hombre por reinventarlo y luego conservarlo, memorizarlo y amarlo por encima de sí mismo y luego consumirlo como a la Coca-Cola.

El alma




Es lo más misterioso del territorio y persiste oculta en las conexiones neuronales del cerebro, una ilusión o realidad metafísica para afrontar la vieja animalidad humana, o el miedo de no ser humanos.


El mito del ser. Y señales no hay. Sin embargo, están los mojones espirituales a la vera del camino: las cruces en el cuerpo, la sangre derramada con sentido familiar, el capirote, la disciplina, la pollera. Extraño, pero así ha sido el hombre en todos los tiempos.


El territorio infinito



Nadie puede pensar que el cuerpo tiene límites si son evidentes los atajos libertarios del territorio, la búsqueda y los ensayos son simplemente para probar su inocencia, viaja manía del rebelde para escapar de los conquistadores. Y no es la disciplina o el látigo la amenaza, es la imposición papista, la que pone en peligro los límites territoriales, la madurez del pobre hombre.

El dolor




El sufrimiento y la sangre son toda una mancha en el continente, un invento para las expiaciones de las culpas, o el martirio proporcional para castigar al enemigo, el discurso cultural del cuerpo para aceptarse como territorio. La punzada interna, la herida apenas provocada para la historia.

martes, 19 de abril de 2011

La poesía flagelante






Cierto día me dijo que a él le hubiera gustado escribir sobre la belleza del flagelante, sobre su imagen milenaria y los tigres de bengala que lo perseguían, sobre los ángeles perdidos que lo abandonaron en los siglos de práctica, sobre el clamor de todas las tardes de verano de todos los viernes santos de todos los siglos en Santo Tomás. Pero es un flagelante en desuso que escucha la tierra, que escucha a los hombres y a Dios, su Dios todopoderoso, por eso tiene un nombre, Manuel, una familia y por eso mismo, forma parte del mundo.

Él sabe que el que escribe tiene algo que decir, por ejemplo “La flagelación no es tortura, es un viaje sagrado por la sangre de Cristo”; o “El flagelante es tozudo, pero tiene algo de nosotros: la religiosidad y la desmesura del ego”; o “Los tontos son otros, los que vienen a observar el movimiento epiléptico del ego flagelante; o “La flagelación es tan compleja, que lo que oculta el capirote, es ignorado”; o “El que rechaza la flagelación, simplemente no acepta este estado místico, otra manera de observar la realidad”; o “Flagelarse es una decisión tan suprema y sagrada como la consumación de la hostia”; o “Yo no me flagelo, pero al observar formo parte del rito”, igual el que sabe observar tiene algo que decir, porque sabe traducirle al sol su belleza, al mar su dolor o su risa, o a la brisa su tardía picardía. Para él la palabra es sagrada, es como la hostia, no como una hostia. Su comunión con Dios es sin intermediarios, como lo hacían los primeros hombres, sin iglesias y sin la bastedad de las piedras, en la soledad del cuarto, lejos del mundo de las religiones, y la palabra sigue siendo el verbo del amor.

Manuel cree en la belleza, antes y después de la flagelación, antes y después del sufrimiento, antes y después del amor, antes y después de una apuesta de sol, porque la belleza resucita en la piel del enemigo, en los ojos del tigre, o en la boca de la amada. La belleza, piensa, es la mano que armoniza la energía, aquella que al final moviliza la disciplina, los pies, el camino, la cruz, la piel herida por el instrumento de Dios, la poesía transpuesta por los siglos de belleza y olvido.

Para esta época la carne le tiembla y un deseo irremediable de regresar al campus de la calle de la Ciénaga le recorre el cuerpo, siente la embriaguez, la compulsión, la adicción. Todo se inicia otra vez en su mente, inexplicablemente, con la misma belleza del pasado, cuando se picaba, sin embargo el ya escribió el poema, libre, y consciente sabe que no puede reescribirlo porque corre el riesgo de destruir la original belleza. Ahora sólo escucha la tierra, y a su Dios, y observa el mundo, extrae la belleza y aprende. De ella vive.

El flagelante y el arte conceptual



La flagelación no es tortura, es un viaje sagrado por la sangre de Cristo


El flagelante es tozudo, pero tiene algo de nosotros: la religiosidad y la desmesura del ego.



Los tontos son otros, los que vienen a observar el movimiento epiléptico del ego flagelante.


La flagelación es tan compleja, que lo que oculta el capirote, es ignorado.


El que rechaza la flagelación, simplemente no acepta este estado mísitico, otra manera de observar la realidad.


Flagelarse es una decisión tan sagrada como la consumación de la hostia.


Yo no me flagelo, pero al observar formo parte del rito.


Remito por las fotografías a la revista bacanika, número 49, La última cena. Todas hacen referencia a la última cena. La primera es un anuncio de Marithé y Francois Girbaud. Fue censurado por la iglesia. La foto fue tomada por Brigitte Niedermair. La segunda fotografía es muy reconocida: Homero Simpsom. La tercera, es una idea del fotógrafo argentino, Marcos López, quien pagó el asado. La que sigue, es el elenco de los sopranos. La foto la tomó Annie Leibovitz. La siguiente fue una idea de un fotógrafo británico, David Lachapelle, quien vistió a todos con ropas deportivas para darles la apariencia de ser personajes de suburbios londinense. La penúltima es una fotografía colombiana, publicada por la revista SOHO. Un grupo de laicos interpuso una querella en el 2005 contra el director. La última foto, YO MAMA S LAST SUPPER, DE RENEE COX, jamaiquino, radicado en N.Y. Se preocupa por la diferencias sociales y critica una sociedad sexista y racista.

miércoles, 13 de abril de 2011

ENTREVISTA A UN JUNIORISTA



Samuel omite el apellido y lo único que dice es que es del norte de la ciudad de Barranquilla, un bacán de cinco pisos que ama la ciudad. No es culpable de nada, sin embargo, a veces piensa que carga la culpa de ser juniorista.


-¿Por qué?, le pregunto.


-Porque junior es una religión, con un templo y unos rituales, una feligresía y ciertos pecados.


-¿De dónde sacas esas cosas?


-Todo en la vida tiene una explicación, me responde mirando sus zapatos. Además, todo lo que hacemos, lo hacemos para darle sentido a la vida, a la cortedad existencial de uno. La ciudad es un mundo y nosotros representamos los miles de eventos que animamos la vida; el junior forma parte de esas búsquedas de sentido existencial.


Samuel se prepara cada domingo para disfrutar el partido de su glorioso junior. Sabe muy bien que algunas veces las cosas fluyen y la ciudad y los ciudadanos son felices. El piensa que son todas las veces que el junior ha sido campeón; cree que hay una armonía visible en la ciudad, porque las crisis económicas se adelgazan y todos terminan ganando, reemplazándo la terrible derrota por la esperanza.


Por el contrario, cuando el junior no alcanza una estrella, hay en la ciudad un sentimiento de pérdida, un conflicto serio con el éxito. Las gentes tienen miedo de ganar y muchas veces ese dilema terrible lo encarna el junior.


-Porque el junior, me dice, es el alma de la ciudad, el pararrayos.


Samuel no se detiene, es esa clase de juniorista que piensa, reflexiona, no traga entero y van al baño pero con un libro bajo el brazo. “El junior a veces forma parte de esa mancha escatológica del mundo, de las alienaciones mayores. Afortunadamente siempre existirá un dios y el junior.”


-¿Qué cómo me siento cuando pierde el junior? La derrota es tan necesaria como el triunfo, pero cuando pierde el junior no puedo dejar de sentirme perdido y confuso. Hay una parte de mí que se desalienta y me siento abandonado por los dioses del juego. Es cuando más me convenzo que el junior es una mierda. La ciudad tiene mal aliento y todo es más difícil, respirar, lanzar un piropo, ir al baño, comprar un auto, contemplar el cielo, hacer un negocio o jugar a las escondidas. Afortunadamente la crisis es pasajera y el junior tendrá que jugar otra vez, así como nos toca a nosotros ir al desierto y regresar otra vez a casa para calmar la sed.


-Samuel, le digo, todavía no he logrado comprender lo del pecado.


-No hay, me dice, religión sin pecado. Creo que son los fanáticos descarriados, desmadrados del junior. Las sociedades humanas no son perfectas, sobre todo las nuestras porque siempre aparece un desquiciado – como en el Brasil – fracturando la normalidad, esa realidad recargada a veces de belleza extrema. Ellos representan el dolor, la angustia, la injusticia social, la inequidad, la desesperanza de la ciudad. Es la anti-poética, pero también la anti-utopía de la ciudad. Ellos no lloran, porque se están vengando del mundo; ellos no rezan, porque su dios es la muerte; ellos no ríen, a penas gesticulan el dolor de burlarse de sí mismos.


Samuel tiene un cigarrillo en las manos y un trago de whisky en la mesa, esperando una boca que lo bese. El hielo no se ha agotado en el vaso, mientras el calor del trópico lo sentencia a muerte. El es apenas un sueño, un tiro al blanco y sabe muy bien que nada es eterno, ni el pecado ni la culpa, si acaso el junior.


-No sé sí lo has notado – y creo que me lo está recordando -, pero creo que el estado de ánimo de la ciudad, es el mismo estado de ánimo del junior; lo mismo ocurre con la selección Colombia y la nación. ¿De qué país crees que son los jugadores del junior? De un mundo comprimido, ausente, escaso, vacío, peligroso, riesgoso, disfuncional, desarticulado, fracturado, asimétrico, violento, desesperanzado, pasivo, resignado, indisciplinado, cuadrúpedo, antipoético, pobre y anti-heroico. La historia les pesa a los jugadores, por eso no pueden con su alma y no con el balón, porque la mayoría no han logrado comprenderse ni explicarse como individuos ni como nación. A veces se zafan de la historia, pero es más un accidente deportivo que un asunto político.


Se nos hizo tarde, Samuel barbulló algo ininteligible y se marchó a toda velocidad en su auto nuevo. Yo, caminé entre el gentío de la ciudad y me perdí en la noche.


lunes, 4 de abril de 2011

La vulnerabilidad humana en medio del desastre de la naturaleza



En estos días de apocalipsis mundial, la fragilidad y la vulnerabilidad humana han quedado nuevamente en evidencia. Somos en mano de la naturaleza, juguetes de un destino funesto y macabro. Ni siquiera el progreso alcanzado hasta el día de hoy por las sociedades más adelantadas, ha servido para detener el desastre. Nada sirve ante un estornudo de la tierra.


La evidencia de nuestra vulnerabilidad, se registró en el oleaje espectacular y mortal del Tsunami japonés, en la impotencia humana para detener el “monstruo”. De nada sirvieron las dos guerras mundiales, las armas y los aviones de guerra, la experiencia del hombre para vivir en medio de la zozobra de los sismos, las teorías políticas para hacer más justas las sociedades. Todo esto se volvió añicos ante la colosal “rebeldía” de la tierra.


El salto de la vulnerabilidad a la impotencia, puede tener registro en la propia naturaleza humana, pero también en lo ignoto. El hombre conoce a medias las reacciones de la tierra, lo que lo coloca en la vía del peligro, porque no sabe qué hacer frente a eventos simultáneos como el de un terremoto y un Tsunami. De lo supuestamente conocido, se pasa inmediatamente a lo desconocido. Y en este “juego” macabro de la naturaleza, la desnudez de la fragilidad es una fotografía para toda la vida.


Debemos aprender entonces a jugar también en el marco de lo desconocido para intentar prevenir y proteger nuestra propia vulnerabilidad. Los que no han logrado comprender la indefensión y la debilidad humana, en gesto todavía medieval, toman versiones bíblicas para intentar explicar lo “incomprensible”, y entonces hablan de profecías, apocalipsis y castigos divinos. Viven bajo el ciclo del miedo, fustigadas por las concepciones del pecado cristiano. Miedo a morir sin poder alcanzar la tan anhelada gloria terrenal.


Los científicos hablan de calentamiento global, cambio climático y “han vinculado los terremotos y el calentamiento con la presión del agua sobre la corteza terrestre.” Pero también han elaborado teorías sobre los riesgos, como Peter Bernstein en el libro “En contra de los dioses”, donde el autor traza una línea para diferenciar las sociedades modernas (estudiosas de los riesgos) de las sociedades pre-modernas (fatalistas y mágicas.)


Otro autor, estudioso de los riesgos extremos, Nicholas Taleb, escribió el libro “El cisne negro” para ponderar la racionalidad del cuidado humano a partir de la esperanza con sentido y la administración de los riegos. Las sociedades fatalistas y mágicas tienen menos probabilidades de salir del hueco de los desastres de la naturaleza, que las que tienen fe en la recuperación de los ciclos “rebeldes” de la tierra. La previsión es un rasgo fundamental de las culturas modernas, porque se conocen los riesgos de la vida en medio de las crisis tanto humanas (las guerras) como las de la naturaleza (terremotos, maremotos). El conocimiento y planeación de los riegos es consustancial al conocimiento y la aceptación de la vulnerabilidad del hombre.


Somos más frágiles en la medida en que somos más fatalistas y mágicos, y menos vulnerables, en la medida en que compremos la importancia de planear la vida en medio de los riesgos. Esta capacidad de vivir en el mar del riesgo, implica vivir en medio de las sumas y las restas, el caos y las incertidumbres, las lógicas y las inferencias, el tiempo del reloj y la sabiduría de la fragilidad. Este reconocimiento es necesario para poder potenciar el espíritu creativo y emprendedor del hombre moderno.


Bibliografía: 1. Adriana La Rotta. El Tiempo. Lo conocido y lo desconocido. Marzo 19/ 2011. 2. Gillian Tett. El Espectador. Contra los cisnes negros. Marzo 27/2011. 3. Revista Semana. Apocalipsis ya. Marzo 19/2011

martes, 29 de marzo de 2011

DEL CINE AL SUPERMERCADO O LA TRAGEDIA DEL REEMPLAZO

Santo Tomás de Villanueva. Allí, en ese lugar del capital, ahora abarrotado de clientes y artículos de primera necesidad, funcionó el teatro, o la sala de cine de la localidad; allí hubo almas interesadas en el arte, gentes – niños, adolescentes y adultos – que lloraban o reían con las historias proyectadas bajo un cielo estrellado. En este hueco del comercio de la ciudad hoy funciona un supermercado, o una “tienda” gigante, asesina de sueños. Un hueco que no nos dice nada, que no nos enseña nada, apenas nos muestra el camino para ingresar y salir con las bolsas de compras y sin el calor de los besos del arte. En este espacio del comercio contemporáneo, la vieja tienda de Moisés García, es un bello y hermoso recuerdo de vecinos, un árbol del que se extraían frutos de solidaridad todos los días para todos. La única montaña que crece y se agiganta hoy, es la montaña del dinero, viejos y nuevos billetes de todas las nominaciones, montículo para asesinar la poesía y resucitar la bronca de la ambición y la podrida manzana del poder. En el esqueleto de las estructuras de metal del supermercado, se amontonan los quesos, el papel higiénico, el desodorante, o el listerine, como animales en celo y en espera de la presa. En este lugar aséptico, las gentes viven otra historia, no la del cine, sino su propia historia de miserias y escasez de recursos. Ni un solo libro para calmar el hambre del espíritu. El arte se ha ido del edificio, que refaccionado para lucir su prenda nueva, ahora sólo permite carricoches, moto-taxis y bicicletas. Algo va lánguida, tristemente de la sala de cine al supermercado; las conversaciones no llevan el sello de los sueños, la imaginación y el arte, sólo los valores del dinero, el carraspeo de los negocios y el eclipse de la noche y el día. El supermercado llegó con sus sueños de modernidad a reemplazar los sueños y la imaginación del cine; llegó con su rostro gordo a cortar el aire, a fracturarle la nariz al placer de percibir la realidad de otra manera. Ya no hay actores ni actrices que nos mientan como miente el cine, sólo esa pesada carga de realidades groseras, percibidas por el atrofiado aparato de los sentidos. Este hueco, con sus entrañas frígidas y asépticas, es la nueva iglesia de los ciudadanos de este mundo, el templo para saciar la artificialidad del ímpetu de compra del ser humano, no importa si alguien se siente perdido, confuso o ausente de sí mismo, porque lo importante es la adquisición de cosas útiles, de esas cosas inútiles que inspiran la sensación de llenura simulada del ser. Pero para nosotros, los amantes del cine, la sensación es otra, de orfandad, de olvido, de perdida. Algo ocurrió en esta ciudad, que sus gobernantes y gentes pudientes, cambiaron el arte por la religión de la compra y la venta de cosas; algo nos pasó que se permitió el crimen de la imaginación y el arte, y entonces, como no hay cadáveres que vuelen, los cerditos de los remordimientos y las culpas, tampoco aparecen. Claro, a nadie le importa el crimen, porque la ciudad es otra, con otros rostros y otros huecos, con las ganas de vivir y morir del animal del cemento, y en ese afán por no saber nada de nadie, ni de la ciudad ni de sí mismo el hombre se olvido de la vitalidad de su suerte…

viernes, 18 de marzo de 2011

ANIMALIDAD



Dentro de mí, palpita el animal. Soy animal, como el perro o el burro u otro ser vivo diferente de aquel que proviene del ser bípedo. Puedo movilizarme en la superficie terrestre, incluso sentir el dolor y la alegría provocada por terceros. ¿En ese encuentro no accidental de seres vivos, quién no ha logrado construir y conservar relaciones afectuosas con un perro, por ejemplo? ¿Quién no ha logrado visionar el mundo de otra manera, después de la convivencia con un animal? ¿Mi lenguaje humano o mi conciencia por qué tienen que hacerme superior a una lechuza? ¿Qué significa ser un animal? ¿Qué es ser un tipo humano cualquiera?

La noción de humanidad está atravesada por la realidad animal, hasta alcanzar la cima de lo superior humano. Por eso la definición de animalidad se cocina en el hombre mismo, y no porque el hombre sea la vara para medir el resto de los seres vivos, sino simplemente porque el hombre en algún tiempo de su existencia fue también animal, que hoy palpita en la biología o la fisiología humana, en el instinto de vida y muerte.


La animalidad puede ser la ausencia de lenguaje y simbología y de rastros perdidos de la convivencia humana; sin embargo, el animal tiene otro tipo de “conciencia” y otras maneras de comunicarse con el mundo. En el plano de la realidad inmediata, por ejemplo, un perro nos percibe igual que el hombre percibe el perro. Pero en el universo de los afectos, en el enmarañable ramillete de abrazos, caricias y besos, el perro me percibe como su pana, igual que yo lo percibo como mí amigo. Lo que ocurre es que aquí, en este marco de aceptaciones mutuas, la concepción de lo animal se torna más complejo y la noción de enemigo o ser diferente, se diluye en la doméstica trama de la vida diaria. El hombre sabe entonces que es un ser humano, pero tiene dificultades serias para alcanzar la felicidad, en tanto que el animal se siente animal y esta “conciencia”, lo hace mejor que nosotros, lo que lo hace feliz con muy pocas cosas.

El problema podría ser entonces la cacareada concepción ética del animal humano, que creyéndose el rey del universo, se atreve a despreciar todo, incluso a él mismo. Los nazis lo hicieron en la segunda guerra mundial. Y aquí mismo en Colombia, la historia es como una montaña de exclusiones. Pero para tocar más la cotidianidad del problema planteado, pregunto: En una corrida de toros ¿quién es el animal? O que quiso decir, Carmen Rincón, jefe de financias del bloque Tairona de las AUC, en la Sierra Nevada de Santa Marta, mano derecha de Hernán Giraldo, cuando dijo: “El patrón era como el rey, y entregarle una niña era igual que llevarle una gallina.” (Lea El Tiempo del 6 de marzo del 2011: El jefe “para” que abusó al menos de 50 niñas.)
En el caso de la corrida de toros quiero remitirme a la confesión paradigmática de la escritora colombiana, Carolina Sanín, quien arrepentida de su asistencia y defensa de” las fiestas” de los toros, un domingo cualquiera de enero del presente año, muele ante sus lectores su propia percepción del pasado y fundada en un sentimiento exclusivamente humanista como la compasión, escribe: “Al rato aparecieron los perros en mi vida… Baste con decir que creo haberme dado cuenta de que la compasión por los animales es el único signo de evolución que mi generación ha visto. Y por una obstinada confianza en el espíritu humano, me despido de los toros…” (Leer El Espectador del 6 de marzo del 2011: Adiós a los toros.)


La confesión de Carmen Rincón, la guarda de las financias de Hernán Giraldo (“El patrón era como el rey, y entregarle una niña era igual que llevarle una gallina.”) me regresa a la deshumanización del hombre común colombiano, a su estructura mentalmente de animal al acecho, a su biología y patología humana y no a la cordura de los límites de la razón y la compasión del ser. Las razones que dio el jefe “para” citado, incluso las excusas del futbolista agresor del animal en el estadio Metropolitano, forman parte del cinismo y la hipocresía de una sociedad indolente ante la vida de seres humanos y animales.